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Evocaciones al atardecer XXI: Parroquia de San Ignacio (Rémar, Baracaldo), Juventud parroquial Róntegui (segunda parte)

Evocaciones al atardecer XXI: Parroquia de San Ignacio (Rémar, Baracaldo), Juventud parroquial Róntegui (segunda parte)

Los nuevos aires de la parroquia de Rémar (Baracaldo)

Los jóvenes irrumpen en la parroquia, como un torbellino

El aliento del espíritu, manifestado a través del entusiasmo de aquel grupo de jóvenes neófitos, hizo que la parroquia empezara a florecer, que nuevos aires oxigenaran el ambiente. Todo fue muy rápido, casi inexplicable, como un nuevo Pentecostés: aquella parroquia, acostumbrada al paso cansino de los entrados en años, con voces opacas, cansadas, empezaba a ver quinceañeros y quinceañeras, también universitarios en ciernes, saltarines y juguetones, en el zaguán de entrada; hasta en los salones del templo. Y ellos y ellas jugueteaban con los niños y con los mayores; les hacían gracias, les iniciaban en canciones nuevas del tiempo y de la liturgia…

Había que correr porque ellos y ellas tenían prisa en conocerse, en hacer cosas juntos, como el niño pequeño que tiene prisa en hacerse mayor…

Pronto nacieron las iniciativas, las propuestas, como flores silvestres que surgen espontáneas cuando cae la lluvia temprana de primavera. Acudían con cierta regularidad a las reuniones que se les proponía o que ellos mismos susurraban. A sus 15 años algunos y algunas aceptaron el reto de ser catequistas de primera comunión… Con la experiencia pastoral vivida a mis espaldas, aceptamos su generosa oferta, a condición de que una persona mayor fuese con ellos animadores del grupo de niños de la catequesis que les correspondiese. Ellos, los jóvenes catequistas, eran magníficos en técnicas de animación, y hacían las delicias de los niños. Pero había que asegurar la solidez y la ortodoxia de la doctrina. La fórmula funcionó satisfactoriamente, en términos generales; pero no fue siempre fácil asegurar la presencia simultánea de ambos catequistas, el joven y el mayor, en los grupos respectivos. En algunos casos tuvimos que intervenir para que la catequesis no se convirtiera en un juego de niños o de fiesta continuada.

En la etapa anterior, el P. Julián Arana había dejado bien asentado el canto litúrgico: Remar era una parroquia cantarina, bien conducida por la mano experta y la voz templada de todo un maestro del canto litúrgico. Pero, ¿qué hacer cuando le sucedía todo un negado para la música, sea profana o litúrgica? ¡Menudo cambio hubiera experimentado la parroquia en eso de la animación litúrgica! Pues no fue así: aquel grupo de adolescentes, recién llegado a la parroquia, no sólo eran excelentes muchachos y muchachas, sino también excepcionales cantores, tanto ellos como ellas; incluso algunas, procedentes de grupos carismáticos, conocían bien el canto de estilo joven más a la moda entonces, el de Luis Alfredo, cuyas nuevas melodías invadían los grupos religiosos juveniles de entonces.

Aún fue más lejos la cosa: algunos de aquellos jóvenes empezaban a asomar como compositores de música religiosa joven, hasta el punto de que, en uno de los concursos de composición de esta música, organizados por Luis Alfredo en aquella época (el “Multifestival David”), nuestro consiguió un premio, a nivel nacional… ¡tres años consecutivos! (con las canciones “Bendito y alabado”, “Nada he de temer” y “Está María”, respectivamente, composiciones de uno de aquellos jóvenes). Lo organizaba el entonces campeón de música religiosa joven, Luis Alfredo. Aquellas primeras composiciones fueron el comienzo de una vocación que, poco a poco, se ha ido consagrando, hasta llegar a ser un compositor de altura de esta música. Él sigue hoy entre nosotros, con unos cuantos discos de música católica contemporánea a sus espaldas: Javier F. Chento.

La vida compartida del grupo.

Las reuniones periódicas de grupo se compaginaban con celebraciones especiales, tanto a nivel de grupo o de familias, como de celebraciones abiertas para otros jóvenes procedentes de otros grupos de zona. Estaba, primero, la oración de los viernes, de carácter voluntario. No acudían muchos, entre diez y veinte jóvenes, pero impresionaba ver a algunos de aquellos adolescentes escuchar el evangelio y expresar espontáneamente sus sentimientos.

Andando el tiempo, llegaron a tener carácter permanente tres vigilias prolongadas al año, alguna de noche completa incluida: la Vigilia de la Inmaculada, la Vigilia de Pascua (generalmente durante la Pascua Juvenil de Murguía) y la Vigilia de Pentecostés.

Nunca los grupos de jóvenes han sido fáciles para abrirse a la presencia de los padres en sus reuniones o encuentros: siempre han visto a sus progenitores como testigos inquisitoriales de sus relaciones y amistades. Sin embargo, una pastoral joven, a largo plazo, difícilmente llega a buen puerto sin una empatía y presencia activa de los padres en esta pastoral. Siempre lo entendí así. Había que hacer frente a este reto. Y la ocasión de los cumpleaños de los jóvenes era una ocasión propicia para intentarlo. Se anunciaba con antelación el cumpleaños de los distintos jóvenes, se aprovechaba una fecha propicia y se organizaba la fiesta: la misa y la mesa. Aquellas misas familiares tenían sabor especial. No fueron muchas, pero dejaron huella, con el complemento del piscolabis bullanguero, lleno de buen humor y del sentido del compartir.

Queda por reseñar todavía la vida de familia bien avenida del grupo. No todo eran reuniones ni celebraciones litúrgicas. Los jóvenes, para constituirse en un grupo de amistad consolidada, condición indispensable para ser un grupo de vida propia, con perspectivas de futuro, necesitan lugares de convivencia y diálogo, de esparcimiento y de juego. Y cuando hay imaginación creativa y disponibilidad, todo encuentra solución.

El antiguo templo de Remar se convierte en casa común de jóvenes

Alguien pensó que el antiguo templo-bajera de Remar, situado en la ladera del monte Róntegui, podía ser un magnifico albergue de acogida y de convivencia para el grupo. Dicho y hecho: a pesar de todas las carencias materiales, pronto se encontraron soluciones. Se invitó a padres, familiares y amigos de la parroquia a aportaciones voluntarias; se organizaron campañas de recogida de vidrio y de periódicos… Y aquel lugar destartalado del antiguo templo se hizo, poco a poco, habitable y hasta agradable, según los cánones de entonces. Se pintó y decoró; se compraron mesas y sillas; mesas de ping-pong y de futbolín; tableros de juegos diversos… Hasta se establecieron pequeñas estanterías para libros que se ofrecían, en forma de intercambio como si de una biblioteca pública se tratase.

Pero, aquel salón era ante todo lugar de encuentro y de diálogo. Era como un anticipo del clásico centro de jóvenes de la época, con altura de miras y supervisado. Tenían acceso libre los miembros del grupo, con horarios flexibles, pero con un reglamento de estricto cumplimiento.

Los fines de semana de aquel grupo eran especiales. Cuando no tenían una actividad programada específica, el grupo organizaba la fiesta del deporte: futbol, futbito o lo que fuere; lo importante era sacudir la rutina de la semana y del cansancio de los estudios.

Aquel grupo era vivo, dinámico, extrovertido, participativo, todo terreno; y, sobre todo, rompedor, inquieto y buscador de experiencias nuevas hasta el límite. Era un grupo excepcional de aquella época.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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