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Evocaciones al atardecer XXI: Parroquia de San Ignacio (Rémar, Baracaldo) Juventud parroquial Róntegui (primera parte)

Evocaciones al atardecer XXI: Parroquia de San Ignacio (Rémar, Baracaldo) Juventud  parroquial Róntegui (primera parte)

Las novedades del nuevo destino

Con la mochila cargada de ilusión y de ideas renovadoras, así llegué yo a mi nuevo destino de Baracaldo. Me habían nombrado párroco de la parroquia de San Ignacio, en el distrito de Rémar, barrio que, en aquel entonces, no sonaba demasiado bien a todos los oídos, ni de los Paúles, ni de la gente de bien. Se le veía como un barrio desestructurado, con problemas de hábitat, con una población emigrante flotante, procedente de otras regiones de España: Galicia, Andalucía… Encima, tenía el problema añadido, que algunos consideraban un estigma, de haberse desgajado recientemente de la parroquia madre de San José.

El templo era una bajera de malas características urbanísticas y ambientales: lleno de columnas, poca luz, extremadamente ruidoso, con un altar de difícil ambientación para las celebraciones… Aun así, era bastante mejor que el primer templo que tuvo la parroquia, bastante más pequeño y de peor ubicación, en plena ladera del monte Róntegui, y con unas escaleras imposibles para personas mayores. Después del Vaticano II había, por la época, una cierta tendencia a las Iglesias-bajera, quizá como expresión de protesta a los templos suntuosos de otras épocas.

Acababa de vivir la inolvidable experiencia del primer encuentro joven nacional de Benagalbón (Málaga), en Julio del 80, que culminaba mi primera etapa de dedicación plena a la pastoral juvenil, después de mis estudios pastorales en París. Era mi primer nombramiento de párroco. Sentía unas ganas locas de moverme y de mover a la gente joven, que entonces respiraba aires de inquietud y de colaboración; al menos, una buena parte de los que pululaban alrededor de parroquias y de colegios religiosos.

Era septiembre del 80. Allí me aposenté, en un reducido piso de barrio, en la calle Álava, 10, 1º, después de haber pasado dos años en el enorme caserón de Murguía. Pero no me costó nada la adaptación; tampoco me arredraron las estrecheces de mi habitación, en la que no cabían mis entonces reducidos enseres de ropa, materiales pastorales y libros.

Consultada la Comunidad, el Provincial, P. Rafael Sainz, me nombró también Superior de la comunidad. Era otra responsabilidad añadida, que facilitaría, en mi opinión, mi trabajo preferencial por la pastoral juvenil. Sucedía en el cargo al P. Julián Arana, que había cumplido el plazo señalado entre nosotros para el cargo de Superior. Los miembros que constituíamos la nueva Comunidad éramos los siguientes: PP. José Ignacio Fernández, Carlos Ruiz, Marino Marco y un servidor.

La gestación del grupo

En honor a la verdad, ya había tenido contactos previos con nuestros jóvenes de Baracaldo. Durante mis años de estancia en Murguía iba y venía todas las semanas a dar clase de religión en el colegio de Paúles. Aquellas clases habían sido la plataforma de convocatoria para pequeños núcleos de jóvenes inquietos que se comprometieron a tener media hora de oración todos los viernes, después de las clases. En realidad, sólo eran cuatro los que aceptaron este reto. Y, en términos generales, mantuvieron su palabra, y eso que eran de 8º de EGB de la época. Con ser tan pocos me sentía orgulloso de su constancia y fidelidad. Pero, ellos fueron el cebo para que otros compañeros se les añadieran a otro tipo de convocatorias: encuentros de Murguía, algún fin de semana de convivencia, en tiempos fuertes de la liturgia…

La semilla estaba sembrada en buena tierra y pronto empezó a florecer. Por supuesto que acepté, con gusto, continuar mi tarea de profesor de religión en el colegio de Paúles. Era un campo abonado para una pastoral juvenil continuada.

Ocurrió entonces que el colegio de María Inmaculada, popularmente conocido como colegio de las Simoninas (nombre que le venía de su fundador, Don Simón, uno de los antiguos párrocos de Baracaldo), ubicado muy cerca de la vivienda de nuestra parroquia de San Ignacio, también necesitaban un profe de religión. Acudieron a nuestra parroquia con la proposición correspondiente… Y viendo la posibilidad de ampliar el campo de acción pastoral con los jóvenes, no dudé en presentar mi candidatura, que se aceptó sin oposición.

Era un doble campo de batalla al que tenía que hacer frente. ¡Pero quién dijo miedo en plena euforia de juventud sacerdotal! Las clases de religión como tales, ya en aquella época, eran eso, un pequeño campo de batalla, con alumnos y alumnas, creciditos, de 14-16 años, de buenas familias, pero con problemas de adolescencia; motivados algunos, desmotivados otros… El sistema de dinámicas y de actividades creativas que funcionaban de maravilla en las convivencias y encuentros de fines de semana, no encontraban el mismo eco e implicación en las clases de religión. En el colmo de desesperación, en algún momento, llegué a espetar a algún grupo de alumnas, a modo de maldición: os deseo que algún día seáis profesoras, y profesoras de religión. ¡Quién no ha tenido alguna vez en su vida alguna incontinencia verbal!

Pero benditos alumnos y alumnas que, poco a poco, fuimos empatizando y progresando en la mutua confianza, punto de apoyo imprescindible para emprender acciones de calado y de búsqueda conjunta.

Y la luz se hizo. Un buen día tuvimos la feliz idea de intentar tener un encuentro conjunto de alumnos y alumnas de los dos colegios, para intentar crear un grupo de reflexión cristiana mixto. Hay que advertir a los profanos que, eso de grupos mixtos, que hoy se ven con toda naturalidad, chirriaba a los oídos piadosos de la época: los colegios de entonces eran de chicos o de chicas, los grupos parroquiales mixtos, a esas edades, tampoco tenían salvoconducto.

Más de una madre tenía las antenas abiertas y se preguntaba quién era ese cura moderno que revoloteaba por las cabezas de sus hijas… E indagaron, vaya que si indagaron. Afortunadamente las alarmas se fueron apagando.

Y comenzó la aventura. No recuerdo ni el día ni la hora en que se tuvo el primer encuentro conjunto. Quizá, hasta fue discreto, pero era el primer paso. Las miradas de unos y de otras se cruzaron indagadoras y complacientes. Fue como un primer flirt masivo adolescente, de los que elevan el ánimo y hacen volar los sueños. Era el comienzo de aquella aventura que daba comienzo a una de las etapas más floridas de mi vida pastoral con jóvenes: el nacimiento del grupo “Juventud parroquial Róntegui”, mezcla de varias etnias: paúles, simoninas, flotantes del barrio; con religiosidades diferentes: carismáticas, vicencianas, parroquiales…

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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