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Evocaciones al atardecer XVIII: El Olivar, una comunidad creyente, evangelizada y evangelizadora

Evocaciones al atardecer XVIII: El Olivar, una comunidad creyente, evangelizada y evangelizadora

Lo del Olivar, en su primera andadura, fue algo muy especial; nació en un momento y en unas circunstancias muy  distintas. Fue una corazonada, a impulsos instintivos, empujados por la  fuerza subconsciente  del Espíritu: un grupo de jóvenes adultos que, en un momento de impacto psicológico profundo, se plantean la posibilidad de dedicar un verano a la promoción social de una zona rural depauperada. Lo maduran durante largos meses, buscan alianzas y acompañantes y se embarcan, por fin, a la aventura. Fue más de un año completo de espera y de búsqueda. Como ya queda reseñado en capítulos anteriores, la Providencia hizo que nos encontrásemos con la recién instalada Comunidad de Hijas de la Caridad de El  Pino, que habían abierto el camino, poco antes, a una experiencia de ese estilo. Estos son los nombres de aquella Comunidad de Hijas de la Caridad de El Pino (Valencia de Alcántara, Cáceres): Sor Ana Teresa  Franco, Superiora, más tarde Visitadora de la Provincia de Sevilla; Sor Manuela, Sor Carmen y Sor Ana María (no recuerdo los apellidos de estas tres últimas, pero están escritos en el libro de la vida).

Estos son los nombres de los responsables o formadores de la primera acampada del Olivar, que nos acompañaron en aquella aventura inolvidable: Sor Aurora Bernardo, Sor Petra Diez, Sor Milagrosa Zamarrón, Sor Pilar García, P. José María del Val, Franciscano; Hermano de la Salle, Ricardo Castillo. Estos dos últimos colaboraban, desde hacía tiempo, con los grupos vicencianos de Santander y de Corrales de Buelna.

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Y estos, los nombres de los aventureros jóvenes que dejaron su impronta en el camino nuevo de evangelización rural, desde el carisma vicenciano; queden aquí sus nombres para que no se  pierda su memoria ni se extinga su impulso evangelizador:

  • Del hospital de Santiago de Vitoria: Mari Cruz Santín, Casilda Alonso, Ana Muguruza, Gloria Arranz, Blanca Martín, Loli  de Lucas y su hermana  Yecla,  Monserrat Ochoa y Ascensión Fernández.
  • De Corrales de Buelna (Santander); José Quintanal, Santiago Cuadrado, Amparo Gómez, Luis Ángel Payno y Ana  Collantes.
  • De Llodio (Álava): Amaya Elortegui, Andone Vadillo, María José Ainz, y José Luis del Val.
  • Del colegio de Begoña (Bilbao): Luis Ángel Fernández, Jesús María García, Ana Isabel Carro, Conchi Andreu y su hermano Emilio
  • De Pamplona: Rosa María Guarch.

Aquella primera experiencia fue una verdadera misión global, desde el primer momento de su planificación hasta el final. Y lo más destacable es que nació con ganas de continuidad, y con la suficiente apertura para que cupiesen, en la nueva aventura, jóvenes de buena voluntad que quisieran esponjar y madurar su fe en el servicio de los más pobres de la sociedad rural. ¿No fue ese el primer impulso de Vicente de Paúl cuando decidió cambiar su vida desde la radicalidad evangélica? Y esto surgió años antes de que las nuevas generaciones de jóvenes vicencianos de JMV y de Misevi se constituyesen en equipos vivos de misioneros seglares vicencianos legalmente organizados.

Desde el principio, el grupo de Aceña quiso llamarse Comunidad del Olivar; “Comunidad” porque querían compartirlo todo: tiempo, inquietudes, experiencias personales, dudas, fe activa, incluso sus pequeños bienes personales. Y el apellido “del Olivar”, sencillamente porque habían asentado sus tiendas  a los pies de unos hermosos olivos. Quizá también porque el Olivo, los olivos tienen reminiscencias bíblicas claras.

Aquellas buenas gentes de Aceña nos recibieron al principio con recelo: solo se fijaron en  la matricula del autobús que  nos había llevado hasta allí. Y eso de traer matricula vasca no les hacía pensar en  buenos augurios. Pronto fueron cambiando de actitud, a medida que iban conociéndonos. A los pocos días, nos vino una tormenta tropical que nos obligó a levantar el campamento… Y el pueblo entero se adelantó a ofrecernos sus casas. Y no solo sus casas, sino lo mejor de sus escasas pertenencias: comida, sábanas, mantas, instrumental de campo para rehacer el campamento… Y nos dimos cuenta de que “los pobres nos evangelizan”. Y sentimos el gozo agradecido de que empezábamos recibiendo  más de lo que les estábamos dando.

La dedicación del grupo al pueblo, sobre todo, a los niños y a los jóvenes  era completa. Empezábamos con la oración mañanera compartida entre nosotros, que duraba una hora. Después de desayunar distribuíamos actividades: las Hermanas y enfermeras visitaban las casas; hablaban con  aquellas buenas mujeres;  escuchaban atentamente sus cuitas, carencias y esperanzas; organizaban minúsculos cursillos de higiene, de primeros auxilios, de educación de los hijos… Los jóvenes se encargaban del mantenimiento del campamento; contactaban con niños y jóvenes, les animaban a participar en nuestras actividades de la tarde en el campamento, abiertas a todo el mundo…

Los sacerdotes y el Hermano de la Salle dedicábamos nuestro tiempo a preparar temas de formación y las eucaristías de la tarde. Poníamos especial  cuidado en detectar a aquellos jóvenes con los que convendría hablar personalmente, en plan de seguimiento espiritual. El campamento era un  hervidero de ideas, de proyectos y de contactos.

En un mes ganamos el corazón de aquellas buenas gentes; éramos como parte de su familia. Nos dimos las direcciones, les prometíamos volver al verano siguiente, incluso que les haríamos alguna visita durante el año… Esas cosas que el corazón expresa cuando entra en sintonía y empatía total con el otro.

Se preveía una odisea a la hora de las despedidas y así fue. Pero, esta vez, la emoción  y las lágrimas tenían otro calado: no nacían del sentimiento incontrolado ni de los impulsos pasajeros, sino de la hondura de la relación entre personas que habían entrado en la órbita de la empatía del corazón, de la amistad, fraguada en la identidad de ideales.

Ángela, una joven de la cercana ciudad de Valencia de Alcántara, que se había unido al grupo en determinadas ocasiones, sacó a relucir su aura de poeta y nos dedicó, para despedirnos, este pequeño poema, que expresa la profundidad y las hondura de lo que allí habíamos compartido.

La transcribo tal como está en la copia que me entregó su autora.

Despedida

No quiero saber la hora,
no me interesan los números
que marcan unas absurdas
agujas en un reloj

Quiero ignorar el tiempo.
quiero habituarme a estar
siempre pensando en vosotros,
centrándoos dentro de mi,
y yo girando en vuestro alrededor.

A la unánime multitud
que camina por la vida
sin otros deseos que el odio
y la violencia, quiero desterrarlos,
o… no, quiero captarlos
en mi mente y hacerlos
como vosotros, imaginándome
que sólo existe el amor  y la alegría.

Ya va terminando, ya va agotándose
la obra, y os marcháis,
vais a iros porque es la vida
que todo pájaro vuelva a su nido.

Para mi todo ha perdido
su importancia , si no pienso
en vosotros y en vuestro deseo
de caminar en Cristo.

Pero no os daréis cuenta
que quedáis aquí cada uno
de vosotros un poquito de esencia,
acumulada en cada uno de nosotros;
y yo sentiré vuestra ausencia,
y añoraré vuestra presencia,
y no comprenderé la vida,
y creo, perdonadme por esto,
que odiaré la distancia.

Por todo ello, antes de marcharos,
por favor, dadme las manos:
que quede en mi el calor de vuestro ser.

Adios, no perturbéis más
el dolor que guardo,
no quiero haceros partícipes
de mi tristeza.

Adios, me habéis enseñado
muchas cosas bellas.

Adios, os quiero.

Ángela (Valencia de Alcántara)

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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