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Evocaciones al atardecer XVI: Abriendo caminos

Evocaciones al atardecer XVI: Abriendo caminos

Los cursos de inglés de verano.

Todo empezó de la manera más sencilla, y, desde luego, de forma inesperada. Periódicamente tenía reuniones pastorales o celebraciones litúrgicas con los distintos cursos de las alumnas del colegio de Begoña. También, alguna vez, con los padres de las alumnas. En aquel entonces, los colegios religiosos eran masculinos o femeninos. Los padres de la Junta de Padres del colegio se enteraron, no sé cómo, de que yo había estado en Francia y en Inglaterra durante años; y se les encendió la chispa: seguramente el P. Felix, pensaron, conoce algunos profesores de aquellas tierras a los que les gustaría venir a enseñar inglés y francés a sus hijas, en alguno de los sitios idílicos que tenemos en la España norte. Para ellos, el país vasco y el cantábrico era, sin duda, el mejor enclave para unas vacaciones pagadas.

Ni cortos ni perezosos, se dirigieron a mí y me expusieron su idea, más o menos en estos términos: “Nuestras hijas se pasan muy bien el verano en los

campamentos 4R que organizan las Hermanas, pero nos preocupa el futuro próximo de nuestras hijas, cuando vayan al instituto el año próximo. El estudio del inglés se va a imponer muy pronto en la enseñanza. De momento, es el francés el que domina casi absolutamente en nuestro sistema educativo, pero el inglés viene empujando fuerte”. Y, sin más preámbulos, me plantan la pregunta capciosa: “¿No podríamos organizar en verano una colonia, al estilo de los campamentos 4R, en la que se incluyese el estudio del inglés, y también del francés? Les vendría muy bien a nuestras hijas cuando vayan al Instituto el año próximo”.

Confieso que fue una sorpresa para mí, porque me sentía personalmente implicado. Durante días rondó la idea por mi cabeza, sin saber a qué atenerme. Al final, me decidí a exponer la idea a mis compañeros de Comunidad, uno a uno. Y todos, excepto uno, no solo no me apoyaron, sino que trataron de disuadirme del asunto: todo eran dificultades y riesgos. Afortunadamente, uno me animó a seguir adelante: no se pierde nada con intentarlo, así que adelante, me dijo. Y la luz se hizo. Me lié la manta a la cabeza y me puse en contacto con algunos buenos amigos profesores que yo había echado durante mi estancia en Inglaterra. La familia McGee (Gay and Joan) fue la elegida. Y el cebo fue que la familia McGee entera, 4 hijos pequeños y ellos dos, podían tener un verano excepcional en un lugar de ensueño del norte de España.

Así nació el primer curso de inglés y francés de Polanco, cerca de Torrelavega, entonces, provincia de Santander. Tuvo lugar en Julio del 76. Los siguientes cursos de inglés comenzaron a llamarse cursos de inglés del P. Felix, pero, con el paso del tiempo, se consagraron como cursos de la Asociación Feyda.

La Primera Comunidad del Olivar.

Fue otra de las obras de la Providencia, sin duda, la más grande, porque, a partir de su nacimiento, fue la que marcó el ritmo y las iniciativas de la animación pastoral de mi ministerio sacerdotal.

Nació casi por generación espontánea. Este fue el nacimiento de la primera célula de la comunidad. Yo tenía contactos periódicos con un grupo de enfermeras del hospital de Santiago de Vitoria. Un buen día, acordamos tener una tanda de Ejercicios Espirituales, de fin de semana, para las que quisieran. Esta tanda tuvo lugar precisamente en la que podemos llamar semana trágica de Vitoria, que culmina el 3 de Marzo del 76, con varias muertes en las calles de Vitoria. Entre los muertos había un pariente cercano de una de las enfermeras que estaban en el retiro. El acontecimiento impactó fuertemente en el grupo, de tal modo que hubo que cambiar de dinámica.

No podía seguir hablando de otra cosa, después del golpe psicológico y moral que había causado la noticia. Se me ocurrió declarar un tiempo de desierto: dos horas de silencio absoluto para situarnos en el contexto de lo acaecido, a la luz del evangelio: entrar humildemente en los pasajes del evangelio que nos hablan de odio, de muerte y de perdón… Y volvieron cambiadas, con lágrimas en los ojos, pero sin odio, abiertas a la reconciliación.

Siempre he considerado aquel cambio psicológico del grupo, no solo como una terapia casual del grupo, sino como un verdadero milagro de la gracia, en un contexto propicio. Y aquel grupo salió nuevo de aquella pequeña experiencia de desierto.

A partir de este retiro, se constituyó un grupo de jóvenes estudiantes de enfermería que se reunían periódicamente en una de las parroquias con la que algunas de ellas tenían conexión. Creo que era la parroquia de San Mateo. Allí se reunía este pequeño grupo de jóvenes inquietas no solo para orar, sino también para planificar acciones sociales de grupo, tanto durante el año como en verano. La proposición piloto fue que estaban dispuestas a dedicar un verano, como voluntarias, en una zona pobre de España. Y en aquel entonces la zona pobre que sonaba con más fuerza en España era las Hurdes.

Poco más tarde, en verano del 76, aquel grupo de enfermeras asistió a uno de los encuentros nacionales de la Familia Vicenciana en Salamanca. Artistas como eran estas enfermeras, hicieron un happening sobre la canción de El Sembrador, que cautivó los corazones de los asamblearios. La seducción y admiración por el grupo creció entre los asamblearios cuando conocieron que estaban decididas a embarcarse en una acción evangelizadora, tan del estilo vicenciano, inspirada o contagiada por la canción de El Sembrador

La Providencia quiso que un grupo de Hermanas de la Provincia de Sevilla, estuviese también en aquel encuentro; entre ellas, Sor Ana Teresa Franco, que acababa de ser nombrada Superiora de la nueva Comunidad de “El Pino” cerca de Valencia de Alcántará (Cáceres). Aquella nueva Comunidad de Hijas de la Caridad empezaba una experiencia de evangelización rural, y con ella, un nuevo estilo de servicio integral y de dedicación a los pobres, más concretamente de los pobres de zonas rurales paupérrimas. No tardamos en sintonizar: caminábamos en la misma dirección. Ella me convenció, y convenció al grupo entero, de que nuestra inquietud de servicio a los pobres debía empezar por la sierra de Aceña de la Borrega, pequeña población cercana a El Pino, donde ellas residían, y que entraba, por tanto, dentro de su demarcación territorial. Esta zona, nos dijo Sor Ana Teresa, está más necesitada de apoyo social, en estos momentos, que lo que nos han vendido, hasta ahora, por las Hurdes…

Y nos convenció, sin demasiados esfuerzos. Y allá nos fuimos este grupo de aguerridos jóvenes, procedentes mayoritariamente del grupo de enfermeras de Vitoria, con la compañía inestimable de otros jóvenes que habían pasado por encuentros de distintos colegios de la zona norte: Llodio, Corrales de Buelna, Bilbao. Sus nombres están escritos en el libro de oro de la evangelización seglar vicenciana.

El 1 de Julio de 1977, a las 7 de la tarde, gritamos “Tierra”, como nuevos acompañantes de Colon en el gran descubrimiento de la historia. Pero, aquello no era todavía Aceña de la Borrega, sino “El Pino”, donde “acampaban” las Hermanas, que nos recibieron mucho mejor, y de manera bastante más amable que los indios a Colon.

Después de un viaje tan ajetreado, en autobús, desde Bilbao a Cáceres, en plena canícula de verano, algunos tuvimos el privilegio de poder ducharnos… Y todos los componentes del grupo tomamos un buen refrigerio que nos habían preparado las Hermanas del Pino y continuamos nuestro viaje hasta Aceña de la Borrega.

Todavía nos dio tiempo para plantar nuestras tiendas en aquella explanada de olivos, antes de tumbarnos, rendidos, a contemplar la luna y las estrellas. Y empezamos a soñar despiertos. Habíamos inaugurado la primera acampada de Olivar.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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