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Evocaciones al atardecer (X): Estación término: Londres, Sept. del 64 a Sept. del 65

Evocaciones al atardecer (X): Estación término: Londres, Sept. del 64 a Sept. del 65

La sorpresa del contraste

londres_anyos_60En aquellos tiempos de precariedad, en los que España llenaba de emigrantes los países de la Europa desarrollada, sumergirse en el mundo anglosajón, sin los condicionantes de necesidades extremas como las del emigrante, tener un año de reciclaje cultural, libre de ataduras externas, era todo un privilegio… Sin embargo, para nosotros, los estudiantes de teología de los Paúles españoles, Londres era como la estación término, fin de ciclo o de carrera, según se lea. Para muchos de nosotros, animosos y entusiastas de los años del posconcilio, Londres era no solo un privilegio sino un sueño largamente soñado durante los años de estudio…Personalmente, siempre lo he agradecido como una gracia especial…

Desde el principio, desde que cruzamos el umbral del Noviciado y empezamos a tomar conciencia de la identidad de ser paúl, se nos había incrustado la idea madre de la disponibilidad incondicional para ir allá donde se requiriesen nuestros servicios pastorales, superando condicionantes externos de cualquier tipo, fueran patrióticos, familiares o regionales. De hecho, mayoritariamente, entre el 70 y el 80% de los que éramos ordenados en aquellos tiempos dorados de vocaciones al sacerdocio, teníamos asegurado el destino a alguna de nuestras misiones en el exterior: Hispanoamérica era el destino más frecuente, pero no se descartaba la Indía o Filipinas o Madagascar… Eran tiempos de ordeno y mando, desde arriba, y todos asumíamos las normas de juego, hasta con alegría y entusiasmo…

Por otra parte, los colegios y seminarios menores empezaban a estar en auge entre nosotros y cada vez eran necesarios más profesores preparados en los idiomas modernos… El destino a Londres durante el último año de la carrera era pues un plan estratégico bien pensado, mirando al futuro inmediato, floreciente, de los paúles en la España de aquella época, en los que cada año éramos ordenados sacerdotes entre 30 y40, algún año hasta 50…

Ubicación en la gran urbe

Potters Bar es una pequeña población al norte de la gran metrópoli londinense, donde los paúles españoles habíamos asentado nuestros lares. La gran ventaja de esta pequeña población era que estaba alejada del mundanal ruido de la metrópoli, pero, a la vez, dentro de la enorme red de metro de Londres. Cockfosters es la estación de metro más cercana, a tan solo 5 minutos de autobús. Eso nos permitía movernos con facilidad total, no solo al centro de la city, sino también hacia cualquiera de las múltiples capellanías que teníamos a nuestro cargo, a lo largo de la semana.

Todo el mundo en Potters Bar conocía la pequeña residencia-seminario de los Paules españoles: había empatía y discreta buena relación entre la población y nosotros. Algunos eran asiduos asistentes a la misa diaria de nuestra pequeña iglesia, recién estrenada en aquellos años… Otros eran colaboradores asiduos de las distintas facetas de la vida de la comunidad. Mrs. Barnes era la abuela cariñosa que atendía la sacristía y nos dedicaba buenos ratos a la práctica oral del inglés; Mr. Barwick era el jubilado cercano y amable, uno de los expertos en el control de la calidad de las aguas de Londres, que nos dedicaba lecciones magistrales sobre el control y distribución de las aguas de la ran ciudad… Nuestro ecónomo doméstico, P. Ortiz, el más veterano inquilino de nuestra residencia, tenía también sus asesores financieros…

La Iglesia era coqueta y de buen gusto para aquellos años de búsqueda; pero la residencia, el hábitat de los inquilinos, era bastante elemental, también propia de la época: habíamos conocido circunstancias peores a lo largo de los años… Por eso nuestra “contestación” juvenil ante las precariedades de la casa, no llegó ni a mayores ni a menores. Todos asumíamos la nueva realidad, hasta con gozo. Por otra parte, el salto hacia la “mayoría de edad” resultaba copernicano: habíamos pasado, de la noche a la mañana, de la obediencia rigurosa y estricta, de los horarios fijos infranqueables, a una relativa libertad de movimientos y flexibilidad de horarios, hasta a un mapa más amplio de movimientos y de actividades… Era como respirar el aire fresco de la montaña en una mañana soleada de verano…

Solo 18 de los treinta y tantos ordenados cada año eran seleccionados para la experiencia de Londres: la capacidad de la casa no daba para más. Nosotros marcamos la diferencia: solo 25 fuimos ordenados aquel año. Aun así, algunos se quedaron en tierra. Sabíamos bien nuestro cometido del año de pastoral de Londres: nos habíamos empapado de la brisa de los nuevas corrientes pastorales del Vaticano II, durante nuestros años de teología en Salamanca… Veníamos con buen talante, con ganas de comernos el mundo, como suele suceder en los hervores de la juventud recién estrenada, de cualquier época, en cualquier lugar…

Adaptación a la nueva realidad

Las clases ya no eran tan magistrales: había espacios de dialogo, a nivel de alumnos y de profesor-alumno.. Las materias de estudio eran cuidadosamente seleccionadas para hacer frente a las nuevas realidades pastorales abiertas en el Concilio. La catequesis tenía otros horizontes; los temas relacionados con la sociología, en general, y con la doctrina social de la Iglesia, en particular, adquirían una prioridad inusitada… Por otra parte, enfrentarnos de cara a otra cultura y a otras tradiciones cristianas constituían un reto que estimulaba nuestras ganas de superación… El P. Luis Gallástegui, uno de los Paúles de pro de aquellos años, a la sazón profesor de una de las universidades de Londres, nos impactó profundamente con las nuevas corrientes socio culturales y religiosas…

Aquel año, precisamente, 64-65, tuvieron lugar cambios de calado en la liturgia católica: se daban los primeros pasos del cambio en el uso oficial de idioma de la liturgia católica: por una parte, se pasaba del latín a la lengua vernácula correspondiente; por otro, de celebrar la misa de espaldas al pueblo a celebrarla de frente, con el altar adelantado hacia el pueblo… Estos cambios, que fueron asumiéndose con relativa pequeña confrontación popular en los países tradicionalmente católicos, como España, encontraron una oposición más fuerte en países como Inglaterra, donde el uso del latín en la liturgia católica era como una de las fronteras que separaban el catolicismo de la realidad protestante; el latín en la liturgia católica constituía en aquel entonces una especie de signo de identidad católica…

Para nosotros, recién ordenados, y sin mucho bagaje de inglés, ya que el francés era el idioma de moda en nuestros colegios y seminarios de entonces, el cambio del latín al inglés en la liturgia supuso un esfuerzo añadido en la puesta al día para atender a nuestras capellanías. Decir misa en parroquias y capellanías era el principal servicio pastoral que podíamos ofrecer. Afortunadamente la mayoría de nuestras capellanías eran de atención pastoral a comunidades religiosas y núcleos de emigrantes de habla hispana. Pero había también parroquias y comunidades religiosas de habla inglesa a las que servíamos… Tuvimos que ponernos al día en la comprensión de los textos litúrgicos en inglés, preparar bien las lecturas, de modo que se nos entendiese medianamente bien, con nuestro acento y pronunciación marcadamente hispana…

Los lanzados, los que se las daban de defenderse bien en el idioma de Shakespeare, contaban anécdotas curiosas… Y es que en inglés lo que priva no es ni la gramática ni la letra escrita, sino el acento, el modismo, la pronunciación… Nuestras risas y juerguecillas nos pasábamos en grupo contando estas pequeñas historias: aquel que a la housekeeper (ama de casa) le pidió un beso en vez de las llaves (“a Kiss” en vez de “the keys”); aquel otro que estuvo esperando a que le trajeran un café, mientras esperaba el féretro del difunto: (wait for the “coffin” y confundió el coffin –ataud_ por el “coffee” –café-). Otros eran más graves: con toda la buena voluntad y mejor intención del mundo uno de los nuestros quiso agradecer a la housekeeper sus buenos servicios, expresándole que no necesitaba más, que estaba satisfecho, y, por una carambola del lenguaje, le dio a entender que estaba harto de ella (quiso decir “full up” –safistecho, lleno- pero lo que le dijo realmente fue “fed up” -harto de ella- La mirada fulminante de la housekeeper no se hizo esperar, con el atolondramiento del compañero que no se dio cuenta del dispararte hasta que se le explicó en casa la diferencia de las dos expresiones….

Una experiencia que mereció la pena

Una de las experiencias más gratificantes de nuestra estancia en Londres, pastoralmente hablando, fue conocer, vis a vis, la realidad del emigrante. Entre otros servicios prioritarios de la presencia de los Paúles en Londres estaba la atención pastoral y social a los emigrantes. Los había a montones en los alrededores de Londres, procedentes de toda la geografía española. Aún los mejor situados, incluso con trabajo estable, confesaban abiertamente que, si hubieran sabido de antemano lo que iban a pasar al venir a Londres, no hubieran dejado su tierra ni su familia. Ellos, los emigrantes, salvaron durante años la economía española enviando sus ahorrillos a sus familias de España, pero eran inimaginables las historias de penurias, renuncias, privaciones, sacrificios y, sobre todo, menosprecios que habían tenido que soportar para hacer esos ahorrillos, que solo les compensaban por el sobre valor de la libra inglesa con respecto a la peseta. La satisfacción de aliviar las penurias de los suyos en España compensaba con creces la austeridad de vida a la que se sometían… La mayoría de ellos estaban abocados a los trabajos más humildes, amén de horas extras de trabajo; las salidas de fines de semana a bares y tertulias eran prohibitivas… Entonces, como ahora, la imagen del emigrante, concretamente de los emigrantes latinos, incluida España, era muy negativa…

Algún día, la sociedad española agradecerá debidamente la enorme labor humanitaria, cultural, social y pastoral que la Iglesia ha hecho con los emigrantes, a lo largo de los años. No éramos los Paúles los únicos que atendían las necesidades primarias del emigrante español, había otras congregaciones, sobre todo femeninas, que hacían frente a las necesidades emergentes del emigrante: Hijas de la Caridad que acogían a los hijos de las madres solteras y de las madres en general, para que pudieran ellas ir al trabajo, a horas tempranas; congregaciones que proporcionaban cobijo y comida en residencias a precios asequibles; centros de ocio y encuentro dominguero, donde no solo se les facilitaba la relación interpersonal amistosa, sino también la solución a sus problemas concretos, la búsqueda de trabajo, la preparación de documentos legales y un largo etc.

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La eclosión del emigrante español en Londres de aquellos años fue tal que los Paúles se vieron abocados a establecer una nueva casa de acogida de emigrantes, en el mismo corazón de Londres, calle de Palace Court, 47, junto al High Park. Dicha pequeña mansión, inaugurada solemnemente, el año 65, por el embajador español, se constituyó en el centro neurálgico de referencia de los emigrantes españoles en Gran Bretaña; y los Padres Paúles españoles éramos reconocidos como los capellanes oficiales de los emigrantes españoles de todo el Reino Unido…

Hay todavía dos aspectos importantes que resaltar en la experiencia vital que supuso para nosotros el año de nuestra estancia en Londres: la primera fue la posibilidad de sumergirnos en la riqueza cultural y monumental de la gran metrópoli londinense. Periódicamente teníamos un día libre a la semana, (el día que atendíamos a una de las residencias españolas del centro), para visitar la ciudad a nuestras anchas. Era sobrecogedor para nosotros perdernos en la contemplación de las grandes avenidas y enormes parques verdes de la gran ciudad… Los museos eran el mejor exponente de la cultura y de la historia del imperio británico: el British Museum, National Gallery, Tate Gallery… Algunos nombres nos traían malos recuerdos, como la Plaza de Trafalgar, la Torre de Londres, el Museo de cera, pero, a pesar de todo, merecía la pena el espectáculo…

La otra gran aportación a nuestra experiencia vital en Londres fue el contacto internacional con jóvenes de todo el mundo, a través de las clases de inglés en centros públicos. Nosotros asistíamos dos veces por semana, en sesiones de dos horas. Era importante en sí mismo el aprendizaje del inglés, pero no era menos importante el contacto y el dialogo con jóvenes de los más variados países del mundo, principalmente europeos. Contrastamos diferencias ideológicas, costumbres antípodas de horarios y tradiciones culturales, en un clima de camaradería y dialogo sin fronteras… Aprendimos a relativizar las diferencias, a acercarnos al otro, a valorar lo propio sin despreciar lo ajeno…

Por primera vez nos sentimos vivencialmente europeos, dentro de una doble minoría especial, el mundo católico, en un país muy mayoritariamente protestante, y el distintivo de sacerdotes católicos españoles. inmersos en el más variopinto mundo laico universal…

 Mereció la pena aquella experiencia que dejó huella imborrable en nuestras vidas, abiertas por primera vez al mundo exterior, en el más amplio sentido de la palabra…

 

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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