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Evocaciones al atardecer (IV): … Y me tiraron del caballo

Evocaciones al atardecer (IV): … Y me tiraron del caballo
El P. Langarica con los niños en la misión de Ribaforada, 1950

El P. Langarica con los niños en la misión de Ribaforada, 1950

Aquel niño servicial, bondadoso, sensible y adaptable a todo, hasta en el comer y en las costumbres bárbaras de los niños de su tiempo, fue creciendo en todo, al ritmo que marca la naturaleza y el entorno… No tengo claro si crecía más deprisa en mí el diablillo o el ángel que llevaba dentro…

Los niños de los pueblos, en aquel entorno y en aquellos años, no solían ser precoces en eso del despertar de la afectividad hacia la otra mitad de los niños… Pero yo, a mis doce-trece años, sin casi darme cuenta, sentí de pronto que la mirada de las niñas retenía mi propia mirada hacia ellas. No todas me atraían por igual: mi mirada y mis sentimientos se hicieron pronto selectivos, sin excluir a nadie… Las costumbres de la época y el estricto control de los padres no permitían muchas alegrías en ese sentido. Tampoco la escuela facilitaba la relación amistosa entre niños y niñas: había un cole para niños y otro para niñas. La misma cultura popular, hecha canción, proclamaba: “los niños con los niños, las niñas con las niñas…”

Pero, hecha la ley, hecha la trampa: no se puede controlar del todo, siempre, y sin resquicio de escape, la fuerza del instinto: las fiestas populares, con las bandas y charangas callejeras, el acompañamiento de los quintos, la música bailable en la plaza, para todos, chicos y grandes, y otras mil circunstancias imprevistas facilitaban el encuentro abierto, o a hurtadillas, con las chicas… Eran, normalmente, juegos inocentes de niños y niñas de la época, pero que iban dejando huella en la efervescencia afectiva, recién estrenada, de los niños… Difícilmente llegaban a buen puerto esas relaciones primerizas, dada la inestabilidad afectiva de los niños de esa edad… Como el viento que sopla en una dirección y cambia de repente; como el que se ha puesto en camino y cambia de dirección al darse cuenta de que debe tomar la dirección contraria, así cambian los afectos y las tendencias “amorosas” a esa edad temprana de la pre-adolescencia… Y así era en mí… Ahí estaba yo, entre quereres diversos, pero que iban dejando huella en mí, como el que se entrena para un largo recorrido, que exige experiencia y músculo…

Por aquellos años, de fuerte religiosidad popular, al menos en Navarra, era frecuente que las congregaciones religiosas masculinas hiciesen sus campañas proselitistas en los colegios y escuelas de pueblos y ciudades, en busca de candidatos que llenasen sus recién estrenados seminarios menores o apostólicas. Posiblemente, no había congregación religiosa en España que no tuviese, o no aspirase a tener, en Navarra, un centro de aspirantado o, al menos, una ventana abierta a los posibles candidatos a la vocación religiosa en ciernes. Navarra fue, durante años, el gran semillero de vocaciones de la postguerra … Se había vivido la guerra civil como una auténtica cruzada… San Francisco Javier, el gran misionero navarro y universal, las misiones populares de una y otra congregación, la visita de la Virgen de Fátima por los pueblos…, eran chispas que prendían fácilmente en el corazón bien dispuesto de los niños y de las familias, en aquel contexto socio cultural y religioso…

Las escuelas permitían el acceso a las clases de los “promotores” de vocaciones de las distintas congregaciones… Ser “promotor” de vocaciones en los pueblos era un cargo oficial en la mayoría de las congregaciones asentadas en Navarra. Sus funciones eran diversas, pero una de las más importantes era visitar la escuela de un número selecto de pueblos e incentivar a los niños a hacer una experiencia especial (guay, diríamos hoy, utilizando el argot al uso). En su colegio-internado, exponía a los niños el “promotor” de turno, había de todo: campos de futbol y de deportes de todo tipo; se comía bastante bien; se hacían excursiones; se podía estudiar y sacar una carrera… Pero lo más importante, hacían énfasis en esto, es que allí se encontraban niños de muchas lugares, con los cuales podía uno relacionarse… Algunos de estos niños, decía el “promotor”, se harán misioneros y marcharán, como Francisco Javier, a países lejanos. Para eso hay que tener una vocación especial: a nadie se obliga a ello, pero es importante saber si Dios me llama a esa misión tan bonita. ¿Quién sabe si Dios está llamando a alguno de vosotros a esta vocación? Por probarlo que no quede: después, conforme vais creciendo, os daréis cuenta y decidiréis vosotros mismos con vuestros padres, si seguís adelante o no… Ese era el discurso tipo o referente de estos “promotores vocacionales”, cuando visitaban las escuelas…

Y la pregunta final incuestionable: ¿Cuántos de vosotros queréis veniros con nosotros? No os preocupéis: nosotros mismos hablaremos con vuestros padres, si decidís venir con nosotros…

En aquel contexto sociocultural y religioso, la respuesta exitosa estaba asegurada: un montón de niños decidían marchar con los valientes misioneros… Y es que, en los pueblos de aquel tiempo, los niños jugaban en las calles, en la plaza o en las eras, con balones de trapo o con pelotas de goma; en las casas, la comida no siempre llegaba para todos; en las familias, había un buen ramillete de hijos y no pasaba nada si uno o dos se iban a hacer la experiencia; encima, podían sacar una carrera, cosa impensable para aquellas economías raquíticas familiares. Hay que añadir el plus, creo que determinante, del ambiente religioso de la familia en aquella época. Y se llenaban los seminarios: ¡vaya que si se llenaban…! Y de aquello seminarios salieron excelentes sacerdotes, religiosos y misioneros… Otros muchos se quedaban en el camino, como era natural… Algún día, por otra parte, la sociedad española tendrá que reconocer, públicamente, la enorme aportación de la Iglesia a la sociedad de entonces, facilitando estudios de todo nivel y graduación a tantos miles de niños que, de otra manera, nunca habrían podido alcanzar las metas a las que llegaron, en su desarrollo intelectual, cultural y de valores ético-morales…

Pero, volvamos al caso: yo nunca levanté la mano después de aquellas soflamas de turno, aunque tengo que reconocer que también hurgaban fuerte en mi sensibilidad religiosa infantil. Superado el primer impacto del misionero, yo, fuerte y decidido, al salir a recreo, siempre iba de frente a mis compañeros de clase para decirles abiertamente: ¿habéis pensado bien lo que hacíais al levantar la mano, con lo que os gustan las chicas? Las risas y las malicias espontáneas, de distinto tipo, eran la mejor expresión de la ironía y de las contradicciones del alma humana, también de aquellos niños, entre maliciosos y bien intencionados… Y, a pesar de todo, algunos de aquellos niños decididos llegaron a buen puerto. Yo, de momento, me quedé agazapado… Pero, de nuevo, la imaginación voló más alto que las buenas intenciones y el instinto religioso, siempre latente en mí. Y volví a mis andadas, con los devaneos de chicas, de bailes y de fiestas en la plaza del pueblo…

Habíamos estrenado párroco hacía poco tiempo… Don Serafín Ayensa, de Corella, traía nuevos aires y bríos pastorales renovados… Chocaba fuertemente con la actitud de dejar hacer, dejar correr, del párroco anterior. Pronto se ganó el cariño y las voluntades de aquellas buenas gentes bien dispuestas. Pero es que, además, Don Serafín era miembro de la Hermandad Misionera creada por los Padres Paúles. Había participado ya en algunas misiones populares organizadas por los Padres Paúles… Y, en la primera ocasión que tuvo, comprometió a dos grandes misioneros paúles de Navarra a venir a dar una misión a su nueva parroquia, en un pueblo que bien estaba necesitando una renovación pastoral en toda regla…

El P. Pedro Langarica, de Los Arcos; y el P. Ángel Lucia, de Lodosa, era entonces el tándem de lujo de las misiones populares en Navarra. La respuesta de estos grandes misioneros a la demanda del nuevo párroco fue inmediata y gozosa: “Iremos a ese pueblo tuyo, Serafín, con mucho gusto, y ya verás como todo cambia en poco tiempo…”, intuyo que fue la respuesta. Debió de ser en el otoño-invierno del 49 cuando se selló este compromiso entre amigos. Y en Marzo-Abril del 50 tuvo lugar la gran misión de Ribaforada, que revolucionó al pueblo, durante muchos años. Siendo ya sacerdote maduro, todavía me preguntaban en el pueblo, gente mucho mayor que yo, por el P. Langarica, que ya había fallecido hacía años…

Eran misiones de renovación de la piedad popular, muy sencillas de contenidos, pero vibrantes y entusiastas, al socaire de una época en la que la gente sencilla no entendía demasiado de teologías ni de planteamientos serios de evangelización. Los pocos medios de comunicación rural existentes se ponían a disposición de los misioneros: el púlpito de la parroquia, los bandos publicitarios del alcalde o del ayuntamiento, el apoyo de los maestros, la radio…: todo confluía en el anuncio de la misión. Y la misión tenía como eje central la confesión general y el acercamiento a los actos de culto de la parroquia… Cierto que había una incidencia muy fuerte en la reconciliación, el perdón entre hermanos, y en la solidaridad y ayuda a los necesitados, pero todo confluía en el eje central de la misión: la conversión, que se explicitaba en la confesión general bien hecha, que debía conducir a un cambio en la práctica religiosa y a unas mejore relaciones en la familia y en el pueblo…

Viví la misión para niños con toda intensidad; participé en los actos infantiles de preparación; hasta fui seleccionado para recitar una poesía piadosa para recibir a los misioneros… Y en los pocos días que duró la misión infantil, la gracia, el tono de voz, el carisma inimitable del P. Langarica, me robaron el corazón. Me sedujo de tal modo que, día a día, hacía mis pequeños sacrificios u obras buenas por el fruto de la misión, como nos recomendaba el P. Langarica… Al confesarme con él y decirle lo que hacía por la misión, casi sin dejar terminar mi confesión, se paró un momento, reflexivo, y movido por no sé qué inspiración, con tono solemne y tranquilo, con acento inimitable, me dijo: “Y tú, ¿por qué no te vienes con nosotros a Pamplona para ser misionero…?”

Una corriente nerviosa, casi como un espasmo, recorrió todo mi cuerpo, de pies a cabeza, y me dejó paralizado, ante pregunta tan inesperada e imprevisible. No sé a ciencia cierta que le contesté, pero le di a entender, de alguna manera, que lo pensaría, que hablaría con mis padres… Me quedé un buen rato rezando, pensando por qué me habría dicho eso, si yo no le había insinuado nada en ese sentido… Volví a casa contento, pero temblando; y, balbuceando, le dije a mi madre que quería ser como el P. Langarcia… Mi madre sonrió incrédula: bien sabía ella de que pie cojeaba y los nombres de las niñas que me gustaban. Diplomática, quizá para no contrariarme, viéndome tan eufórico, me dijo: “bueno, iremos a hablar con el párroco y con el P. Langarica… “ Y fue, vaya que si fue. Y acordó con ellos que su hijo Félix podría ingresar en Pamplona, en la apostólica de los PP. Paúles, en Septiembre de aquel mismo año de 1950.

A pesar de ello, mi madre no las tenía todas consigo y me preparó un traje azul marino, en vez de negro, como era preceptivo para ingresar en la apostólica en aquellos años. Ella pensó que podría volverme a los pocos días, o a los pocos meses; y el azul marino cuadraba mejor a la hora de reintegrarme a la vida normal del pueblo…

Andando el tiempo, madurando en mí la reflexión sobre el proceso de mi vocación, he llegado a la conclusión de que aquello fue como un flechazo, algo parecido a lo que deben sentir las parejas en el primer hervor… Muchas veces, los “promotores” de vocaciones de turno me habían hecho la proposición del P. Langarica, y siempre sus palabras resbalaron en mi interior como la lluvia suave en el cristal limpio de la ventana… ¿Por qué ahora esas mismas palabras llegaban hasta el epicentro de mi ser, hasta el hondón del alma…? Instintivamente, he pensado, a veces, que aquello fue un milagro de los que no se pueden catalogar, que quedan simplemente en el libro de la vida de cada uno, en el misterio insondable de la gracia…

Más aún, leyendo sobre la conversión de Pablo, camino de Damasco, he llegado a sentirme como derribado del caballo, como él, por la fuerza del Espíritu (ver Hc. 26,12-15) Y desde entonces me he sentido feliz, plenamente realizado, más allá de mis deficiencias y debilidades…Y si volviera a tener que elegir, volvería a elegir ser misionero paúl como el P. Langarica…

¿Habrá algún joven o alguna joven, valientes, que lean esto y se sientan interpelados por el soplo del Espíritu, en esta víspera de Pentecostés de 2014? Que den un paso adelante, que no tengan miedo, que se pongan en contacto conmigo y yo les acompañaré a andar juntos el camino…

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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