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Evocaciones al atardecer (III): Claro-oscuros de infancia

Evocaciones al atardecer (III): Claro-oscuros de infancia

Uno no nace ni santo ni demonio, ni siquiera algo intermedio, sino todo a la vez, a vaivenes intermitentes. San Pablo dice más o menos: “Siento que hay en mí una fuerza bipolar, como dos corrientes contrarias que luchan dentro de mí, la una contra la otra, la ley del instinto con la ley del espíritu… Por eso, a veces, hago lo que no quiero y me revelo contra mí mismo…” Esa podía ser la traducción libre del texto de Pablo Rom. 7, 14-17.

Hoy nos hacen sonreír maliciosamente las biografías de algunos santos del pasado cuyos biógrafos querían hacernos creer que eran tan santos y mortificados, desde su más tierna infancia, que se abstenían del pecho de la madre en determinadas fiestas o solemnidades… Nuestra propia experiencia personal nos dice que, según las circunstancias, podemos ser capaces de lo mejor y de lo peor. Y el conocimiento que tenemos de la variada gama de relaciones que se cruzan en nuestro camino avala nuestra experiencia: personas agrestes y nada seductoras nos muestran, sorprendentemente, un corazón de niño, a poco que escarbemos en su íntimo yo… Y, al contrario, personas con cara angelical, nos la juegan a las primeras de cambio… ¡Es el misterio insondable del ser y del vivir de los humanos..!

angelDevilPues ese soy yo, desde pequeño, y sigo siéndolo de mayorcito, gracias a Dios, porque si fuéramos santos o demonios desde el principio, o a   rachas fijas, no habría quien nos aguantase. Dios hizo bien las cosas, aunque no las comprendamos: puso en lo más céntrico del corazón humano un ángel y un demonio, chiquititos ambos, confiándonos la tarea de que, a lo largo de nuestra azarosa vida, aparezca más la cabeza del ángel que la del “león demonio…”.

Aunque no os lo creáis, viéndome tan modosito, y tan formal, últimamente…, de niño-adolescente fui, más bien, un travieso normal, en proceso creciente, sin excesos ni por arriba ni por abajo… Vamos, de los niños que metían la mano para coger el chocolate del cuenco donde lo guardaba la mamá y, después culpaba al hermano de que posiblemente habría sido él… De los niños de toda la vida que, cuando había un desaguisado entre hermanos, sistemáticamente, yo era el inocente… Y cuando había que hacer algo nada atrayente, desde luego, yo era el menos indicado: siempre eran mis hermanos mayores o el menor… Ni la siesta ni el acostarse temprano eran mis deportes favoritos, pero, a la hora de levantarse, no había quien me moviera…

Sobrepasados los diez añitos mi padre me confiaba, a veces la tarea de “fabricar”. con una maquinita especial, los cigarrillos de aquel tabaco “rupestre” de entonces, en los pueblos, y, naturalmente, la tentación era demasiado fuerte para no probar cómo sabían aquellas yerbas de los mayores. La verdad que sabían horribles, pero había que probar a ser “mayor”…

En aquellos tiempos bárbaros los niños teníamos algunos juegos “bárbaros”. Uno de ellos se llamaba jugar “a perri” (desconozco el origen o etimología de esa palabra)… Nos dividíamos en dos grupos guerreros; trazábamos el círculo de nuestros dominios, a modo de castillo que había que defender del enemigo… Y al asalto. Si se lograba sacar a alguien de su castillo lo llevábamos a nuestro territorio y allí lo apaleábamos hasta que nos daba compasión… Y menos mal que todavía latía en nuestros corazoncitos el sentido de la mesura y de la pena…

Otros juegos de niños, por llamarlos de alguna manera, eran los bolazos de nieve, destruir los muñecos que con tanto trabajo habían construido los del otro bando… Las luchas con espadas de palos eran otra alternativa, que, a veces, terminaban a palo limpio. Pero, donde Dios hizo ejercitar más la paciencia de nuestros ángeles custodios fue en aquellas batallas campales, trazadas las distancias reglamentarias, a pedrada limpia. Hay que reconocer que Dios hace milagros aunque nadie los perciba: considero ahora, desde la reflexión de la edad madura, que fue un auténtico milagro que, en lo que yo recuerdo, no hubiera ninguna desgracia gorda en aquellas batallas que no tenían nada de inocentes… Para que luego digan que cualquier tiempo pasado fue mejor

Tanto empeño poníamos los “peques” en aquellos entretenimientos agresivos que nos olvidábamos de las tareas familiares que se nos encomendaban… Fue una tarde de primavera; hacia un sol espléndido; la lucha se prolongó más de la cuenta, hasta el anochecer. Volví sudoroso a casa, cené y me acosté más pronto de lo normal: tan dura y prolongada había sido la batalla… Pero, ¡que fatalidad!, aquella noche heló y a mí se me había olvidado tapar “el cajón” (nombre que se daba al semillero de plantas de pimiento y de tomate) con las tapaderas de cañas al uso…; y las tiernas plantas se helaron aquella noche… Fue mi tío Antonio el que me buscaba para “matarme” al día siguiente por la tarde… Menos mal que mi madre se dio cuenta a tiempo del problema; vino a buscarme por delante y me ocultó en un cuarto que cerró con llave, para protegerme de las iras, en caliente, de mi tío. Yo, para más seguridad, me metí debajo de la cama…

Otro día, jugando a indios en el corral de la casa, incendiamos la tienda del indio enemigo, vino una ráfaga de viento, las llamas se expandieron tanto que nos alarmamos y huimos a toda prisa de la quema… Menos mal que los mayores, alertados por la algarabía, todavía llegaron a tiempo para sofocar la fogata, pero no atraparon a los despavoridos “malhechores” huidos… Caía la noche… Y otra vez mi madre al rescate… Y la misma operación: encerradito en el cuarto de siempre, hasta que se calmaran las iras…, y la luz del nuevo día hiciera salir el sol de cara…

Algunos bien intencionados me dirán: ¿y por qué dices estas cosas que no interesan a nadie y además son poco edificantes? Y sencillamente diré que disiento de esa apreciación: cada uno de los seres humanos, desde que nace hasta que parte a la casa del Padre, realiza, consciente o inconscientemente, un proceso de transformación. Dios actúa, de una manera misteriosa, y oculta, en ese proceso, respetando siempre el mayor don que Dios mismo ha dado al hombre: su libertad. Cada uno de nosotros somos un “pueblo de Dios en miniatura”, al que Dios propone salir de la esclavitud de Egipto a la tierra prometida, que no es otra que la realización, en integridad, de su propia identidad como persona y como miembro elegido del proyecto de vida de Dios, grabado, aunque sea confusamente, en la conciencia personal… Así cada uno puede decir a su manera: “Por la gracia de Dios soy lo que soy; yo, por mi parte, solamente he contribuido a entorpecer el plan de Dios sobre mí. Pero, cuento con su paciencia y su misericordia para conmigo… Está en mí aceptar o desechar esa bondad inmensa de Dios para conmigo…”

Al lado de estos atisbos de infancia incontrolada, había en mí, desde la más tierna infancia, brotes de una religiosidad mamada en la tradición familiar: dicen de mi abuelo materno, Juan, al que apenas conocí, que era un hombre realmente de Dios, de los tildados popularmente, como una persona que se comía los santos o que vendía los duros a tres pesetas. Mis abuelos paternos, Andrés y Felisa, fueron igualmente religiosos de los de aquellos tiempos: inculcaron a sus hijos y a sus nietos las tradiciones religiosas de la época… Igualmente en casa siempre nos inculcaron la fe y las prácticas religiosas populares, con especial empeño en la recepción de los sacramentos y las devociones en alza de aquellos tiempos: devociones a San Bartolomé y San Blas, patronos del pueblo; participación en las procesiones de Semana Santa; novenas y triduos de la Virgen; cumplimiento pascual y, sobre todo, oraciones especiales en tiempo de las tormentas contra las granizadas que, en aquella época, asolaban los fértiles campos de Ribaforada… Mi madre y, por contagio, la familia entera, siempre profesó una especial devoción a San Felicísimo… Todos los hermanos, en nuestra más tierna infancia, fuimos presentados a este Santo, en su Santuario de Deusto-Bilbao. Mi madre siempre le atribuyó el milagro de la instantánea mejoría de mi hermano Barto, en trance real de muerte, en el mismo momento que se ofrecía una misa por él en San Felicísimo… Los cuadros de la Última Cena y del Ángel de la Guarda siempre lucieron en el comedor de la casa y en el dormitorio de los niños, respectivamente.

kid_pray_handsMi primera comunión supuso un acrecentamiento de mi sensibilidad religiosa infantil. Tuvo lugar a mis 9 años, más tarde de lo normal en aquella época… La razón fue que mis padres, con el fin de economizar y tener la fiesta familiar conjuntamente, habían decidido que los dos pequeños, mi hermano Barto y yo, la recibiéramos el mismo día. Mi hermano tenía tres años menos que yo… Así que la recibimos él con seis años y yo con nueve. Asistí con gusto, y de buena gana, a las catequesis preparatorias del sacramento y me aprendí de memoria, como era entonces la costumbre, todas las oraciones del “cristiano”, aparte de los mandamientos, los sacramentos y las obras de misericordia… Mi primera comunión es uno de los recuerdos más vivos y palpitantes que tengo de mi infancia. Nunca lo olvidaré.

Mi piedad infantil innata, alentada por el impacto de la Primera Comunión creció en mi muchos enteros: asistía con más ganas a la misa de los domingos; me confesaba todos los meses; rezaba por las mañanas y por las noches… Tenía una especial devoción a una estampita del Sagrado Corazón que me habían regalado al final de la catequesis… Algunos de los maestros que tuvimos aquellos años estimulaban estos valores religiosos de sus alumnos…

Todavía quedan por señalar algunas de mis sensibilidades infantiles… Estaba muy unido a mi madre: yo le había ganado el corazón porque siempre tuve buena salud y era “fácil de llevar”; por otra parte, yo era un buen comedor, como decía ella: me gustaba todo, nunca me dejaba nada de lo que me ponían en el plato… Y lo que colmaba el vaso era que, encima, yo era dócil, obediente y colaborador en las faenas domésticas. La pobre, con no muy buena salud, y con cuatro leoncillos en casa, no abarcaba todas las faenas de la casa, con los animales domésticos a cuestas… Yo, con mis pocos años, 10-13, le barría los pasillos, le fregaba los platos, limpiaba los zapatos de los mayores para ir a misa; hasta le hacía las camas alguna vez… No era esto normal entre los niños de mi edad en aquella época… Y ahora, menos aún. Pero cada uno es como es y se adapta a las circunstancias, guiado por su sino, por las guías o mediaciones que uno encuentra y, sobre todo, por el dedo invisible de Dios… Él iba preparándome el camino, sin yo darme cuenta, a otras metas que, irán apareciendo con el correr del tiempo…

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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