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Evocaciones al atardecer (II): Mi libro de familia y alrededores

Evocaciones al atardecer (II): Mi libro de familia y alrededores
La familia Villafranca en el años 1954.

La familia Villafranca en el años 1954.

A todo esto, todavía no os he hablado de mi familia… ¡Que despiste…! Es el signo o marca de la casa: desde la toma de conciencia hasta la pérdida definitiva de los sentidos, todos los miembros de nuestra familia hemos ido de cabeza con eso que vulgarmente llamamos despistes. Cómo llamar este sino compartido: ¿patrimonio hereditario, deficiencia congénita de neuronas, signos de genios en potencia…? Vete tú a saber. Lo cierto es que las mayores peleas que recuerdo en nuestra casa solariega, y eso que éramos una familia muy bien avenida, tenía su origen en despistes alternativos de uno o de otro…

Mis padres se llamaban Germán y Alejandra, nacidos en los albores del siglo XX. De Ablitas eran los orígenes de mi madre, pueblo a tan solo unos kilómetros de Ribaforada. Mi padre tenía sus raíces en el pueblo donde nacimos todos los hermanos, Ribaforada. Todos nacimos en la calle del encierro de toda la vida, que entonces, y aún ahora, era y es de las que tienen señas propias de identidad. Me queda la pena de que cuando alguno de nosotros sea famoso ya no podrán ponernos una placa de distinción, porque aquella casa, siguiendo las exigencias del tiempo, se derribó. Para consuelo nuestro, todavía queda el rectángulo donde se asentaba, pero vacío… ¿Habrá alguien que construya sobre este espacio vacío una torre de señales luminosas?

Sólo era un bebé cuando nos trasladamos a la casa de la carretera. Tengo amnesia total del momento en que llegamos a esta nueva humilde casa de pueblo, y de labradores: debió de ser hacia los 40. A medida que pasaba el tiempo fui tomando conciencia de la precariedad en la que, desde siempre, han vivido las gentes del campo, al menos de los que tienen o tenían recursos justitos para sobrevivir: las habitaciones justas para compartir, entre la numerosa prole de aquellos tiempos. Eso sí, tenían el privilegio del corral espacioso, de los gallineros y de los compartimentos para animales domésticos, entre los cuales el cerdo era el rey, que aseguraba el alimento básico, rico en calorías, para toda la familia, a lo largo del año. Y mis padres, que no eran de los menos pudientes, fueron complementando el hábitat familiar con otras dependencias útiles: cuadras para las caballerías, cobertizos y graneros…, según las circunstancias lo iban requiriendo. Tener un pozo de agua potable dentro del corral era un privilegio del que no todos los pueblos del contorno podían presumir.

Y fueron creciendo los hijos en aquella nueva “mansión” familiar. Fuimos 6 en total, pero la primera, Victoria, y el cuarto, Santiago, partieron pronto hacia la otra familia. Murieron de meses. De hecho, no conocieron la nueva mansión familiar. En aquellos tiempos de precariedad, de falta de higiene y deficientes y escasas medidas sanitarias, la mortalidad infantil alcanzaba cuotas difíciles de imaginar en nuestros días… Estos son los nombres de los hermanos que sobrevivimos al temporal de la época: Jesús, nacido en el 29; José María, nacido en el 32; Felix, este humilde servidor, nacido en el 36, y Bartolomé, nacido en el 39.

La iglesia vieja de Ribaforada, reformada, donde los hijos de la familia fueron bautizados.

La iglesia vieja de Ribaforada, reformada, donde los hijos de la familia fueron bautizados.

Ribaforada, como queda consignado en el primer capítulo de esta pequeña historia, era de los pueblos emergentes en aquella época, dentro de las condiciones rurales estrechas del momento. El ayuntamiento tenía una propiedad comunal, cuyo usufructo se compartía con las parejas que se iban casando: a las parejas recién casadas se les distribuía, en condiciones de renta baja, unas tierras de usufructo familiar. Cierto que las tierras de propiedad comunal, globalmente, eran en aquel entonces de secano, y sus cosechas dependían de las lluvias y del buen tiempo de los cielos, pero aquellas buenas gentes trabajadoras tenían asegurada la supervivencia familiar… Aquellos años la meteorología no fue precisamente clemente: los pedriscos veraniegos asolaron más de una vez las huertas de la ribera de Navarra…

Debido a esta realidad tan peculiar, el pueblo fue creciendo, y superando en densidad de población a otros pueblos del entorno. Cuando las tierras de secano, la dehesa y parte del monte seco, se convirtieron en regadío, las condiciones de vida mejoraron sustancialmente y la cuota de crecimiento demográfico se disparó, atrayendo primero a gentes de otros pueblos cercanos y después, a emigrantes de procedencias dispares.

Era normal en aquella época que las mujeres quedaran en casa: bastante tenían con el cuidado de los hijos, las tareas domésticas y el aliño de los animales. No obstante, aquellas mujeres campesinas de pura raza nunca reusaban echar una mano en las tareas agrícolas, cuando las circunstancias lo requerían… Los varones, el padre y los hijos, desde las más tempranas edades, estaban destinados inexorablemente al campo. La asistencia a la escuela era de corto recorrido y a instancias intermitentes. Espantar a los pájaros de los trigales a punto de sazón, recoger las mieses y alfalfas, proteger del frío los planteles de tomates y pimientos, con tapaderas especiales de cañas, al atardecer, eran tareas normales, para niños preadolescentes, desde bien entrada la primavera.

Los veranos eran especialmente agobiantes para los hermanos mayores: levantarse a las cuatro o cinco de la madrugada para esquivar los rigores del calor agobiante, prolongar la tarde hasta la extinción del crepúsculo, incluso entrada la noche, era inevitable en aquellos tiempos de larga siega y trilla, con maquinaria rudimentaria… Hay que decir, sin embargo, que aquellos años de mi infancia, en proceso de adolescencia, fueron años de euforia progresiva, que desembocaron en cambios radicales en la vida de los campesinos: en pocos años se pasó del trillo de rastra y de ruedas a la trilladora de tractor; de ahí, a la trilladora de motor, a la cosechadora y, finalmente, a la cosechadora-empaquetadora, todo terreno… De mediados de los 40 a mediados de los 60 el cambio de aquellos pueblos ribereños fue espectacular…

Pensar en ir a cursar estudios superiores en Institutos y Universidades eran sueños de unos pocos, hijos de familias acomodadas, con sentido práctico de futuro. Las perspectivas de poder vivir razonablemente bien, en un pueblo próspero, en proceso rápido de industrialización y con una agricultura de regadío, que multiplicaba los ingresos con cultivos de hortalizas y verduras del tiempo, ahuyentaba el señuelo de cursar estudios superiores fuera del pueblo…

Mis recuerdos de relación familiar dejaron en mí la impronta de una familia feliz, llena de vida, colaboradora, llena de aspiraciones, de corto, de medio y de largo alcance. Siempre fuimos amigos de los animales de compañía: perros y gatos siempre anduvieron a sus anchas por las dependencias de la casa y aledaños. A los perros solíamos llamarlos canelos, bien por el color de su pelo, bien por manía familiar. El nombre lo decidíamos, con pausa y solemnidad infantil, los hermanos reunidos en asamblea doméstica. La presencia de los gatos en casa era más bien una exigencia de ahuyentar a los ratones roedores, que podían atreverse a asaltar nuestras despensas. A los perros siempre los entrenamos para la lucha: era entonces demasiado fuerte en nosotros el instinto guerrero y luchador

Nuestra casa fue siempre lugar de encuentro y de reunión familiar. Las largas tardes-noches de invierno eran la gran ocasión para los juegos de cartas y para contar historias de penurias pasadas y de guerras. Mi padre se había ido voluntario a la guerra, justo antes de nacer yo… Mi tío Antonio, el más joven de los hermanos paternos, había permanecido en el frente durante los tres inacabables años de la guerra civil: sus historias bélicas reales eran los temas recurrentes habituales. ¡Y cómo vibraba nuestro instinto de niños inocentes e inconscientes ante tales historias!

En casa se cultivaban los valores tradicionales de la época: gran sensibilidad hacia los pobres y mendigos que, en aquellas circunstancias de extrema necesidad ambiental, solían llamar a la puerta, justo a la hora de comer o de cenar. Mi madre nos tenía dicho que ningún pobre debía irse de vacío de nuestra casa: al menos, con un trozo de pan… El dinero era otra cosa: escaseaba para todos. Desperdiciar o tirar la comida era uno de los pecados gordos para nuestra sensibilidad infantil de la época: lo que sobraba de noche era parte de la comida del día siguiente. Y si se nos caía el pan al suelo, había que recogerlo, besarlo y ponerlo de nuevo en la mesa…

Félix Villafranca, a los 10 años de edad, en las fiestas del pueblo.

Félix Villafranca, a los 10 años de edad, en las fiestas del pueblo.

Igualmente, los valores religiosos tradicionales se respiraban en la familia con total normalidad. Nadie se cuestionaba en casa que había que ir a misa el domingo y los días de fiesta, rezar en familia, confesar y comulgar por Pascua, asistir a las catequesis de primera comunión, tomar parte activa en devociones populares, como procesiones de santos, de Semana Santa y de fiestas patronales… Los maestros, desde la escuela, tenían buen cuidado en inculcar estos mismos valores y en colaborar con las familias en la educación religiosa de los hijos…

Visto todo esto desde la perspectiva del momento presente, uno tiene que lamentar los excesos de la presión ambiental y del momento histórico de la época, así como la ocasión perdida, por parte de la Iglesia, para iniciar una formación religiosa sólida y comprometida, con opciones de vida personal libremente asumidas, y encaminadas hacia la reconciliación entre familias con heridas todavía sangrantes de la guerra civil. Algo se hizo, pero se pudo hacer bastante más. En cuanto a la formación religiosa, todo se iba en desvaídos, tradiciones populares y prácticas religiosas ancestrales, sin raíces profundas de fe. Cambiado el ambiente por la fuerza del viento que pasa, el andamiaje se va desplomando lentamente. No obstante, y en honor a la verdad, hay que proclamar que también en aquellas circunstancia poco propicias, la fuerza del Espíritu hizo surgir frutos de vida nueva y hasta de santidad anónima y callada. Esa santidad de vida humilde por la cual, hasta hace pocos años, la mayoría de los españoles podíamos llamar santas a nuestras madres, en expresión de un gran predicador y misionero paúl llamado P. Albiol.

Y el viento cambió a favor, y de repente, para los miembros de la familia Villafranca-Calvillo. Fue justo en el primer cuarto del año 50, en los meses de Marzo-Abril, por más señas. Entonces tuvo lugar la misión, una de aquellas misiones populares dirigidas por Padres Paúles de Navarra, con nombre propios: P. Langarica y P. Lucia… Prendado quedó este que os relata del verbo y de la gracia de estos misioneros… Y se nos fue con ellos a Pamplona en Septiembre del mismo año: quería ser un día como estos misioneros. Pero esta historia queda para otro capítulo, que merece la pena contarlo con detalle. Quizá la religiosidad honesta de los abuelos paternos, Andrés y Felisa; y de los abuelos maternos, Juan y Victoria, quedó colmada, sin mencionar la alegría callada y sentida de mis padres, Germán y Alejandra. Solo desde el sentir sencillo de las gentes humildes de aquel tiempo se puede entender la gran acogida familiar de la noticia…

En poco más un año, los hermanos mayores se quedaron solos con las faenas del campo y de la casa, porque al año siguiente, en Septiembre del 51, mi hermano pequeño, Barto familiarmente, se vino conmigo a Pamplona, quizá arrastrado por la fuerza del cariño y del recuerdo de las muchas cosas compartidas…

Aquel acontecimiento cambió de raíz el sino de la familia: mis hermanos mayores, Jesús y José María, tuvieron que acompañar al padre y cargar con todo el peso de la responsabilidad familiar. No eran pocas las faenas del campo: las tierras se habían ido ensanchando, las tareas de la nueva agricultura de hortalizas y verduras exigían una dedicación cada día más absorberte… Pero el hecho de la diáspora de los hermanos pequeños, quizá inconscientemente, quizá por las nuevas perspectivas de futuro, les hizo cambiar de mentalidad…

Se casaron sin esperar a que yo fuese ordenado sacerdote: en el 56, Jesús con Luisa; en el 62, José María y Basi. Tuvieron dos hijos cada pareja, de los cuales sólo viven tres: Marisa y Andrés, de Jesús y Luisa; Mari José y Ana, de José María y Basi. Andrés murió de desgraciado accidente de tractor a los 18 años.

Más tarde, en el 61, mi hermano Barto decidió dejar el seminario de Teología de Los Padres Paúles en Salamanca e incorporarse a la vida laboral en la sociedad civil. Pero él, aprendida la lección del tiempo nuevo, y con la ventaja de los estudios adquiridos, continuó sus estudios universitarios y sacó, cum Laude, la especialidad de Lenguas Clásicas de Latín y Griego. Terminada la carrera se casó con María Dolores y tienen dos hijos, Arantxa y Germán… Mari Loli partió prematuramente a la casa del Padre, hace ahora cinco años, exactamente el 31 de Julio del 2009…

Las viejas tradiciones familiares cambiaron radicalmente en los sobrinos: todos han sacado carreras universitarias y las ejercen con profesionalidad y buen hacer. A ninguno de ellos les afecta el mal del tiempo: el paro, o la crisis agobiante de estrecheces y penurias económicas…

Pero ellos son también hijos de su tiempo: viven otras preocupaciones y otros sueños; ellos, a lo suyo, sin mirar demasiado ni atrás ni adelante: bastantes tareas y preocupaciones trae el correr del tiempo mismo y el devenir diario de la familia…

No obstante, habrá que recordar también a los hijos de nuestro tiempo que las cosas no son así porque sí: que el futuro no lo marca el tiempo, sino el modo de situarse en la vida y la mirada limpia y penetrante sobre el sentido de la vida y la implicación personal comprometida en construir un mundo más digno y justo, con valores que no son de ayer, de hoy o de mañana, sino de siempre, porque están incrustados en la entraña misma del ser humano cuyo último horizonte es el Dios desconocido, que invita a las personas inquietas y de buen corazón a buscarle con actitud valiente e inteigente…

1 comentario

  1. marisa villafranca

    Emotivo recorrido por tu infancia y de paso por la mia, al recordar a mis abuelos tal y como tú los describes y la tragedia del accidente de mi hermano Andrés que cambio la vida de mis padres para siempre y por ende la mia. Mis abuelos Germán y Alejandra lo fueron todo para mi, por su bondad y por el amor y los mimos que me dispensaron mientras vivieron. Nunca se me olvidará como mi abuelo me enseñó las tablas de multiplicar mientras rallábamos maiz para alimentar a las gallinas o como mi abuela me dejaba saltar sobre las camas ya hechas solo porque a mi me divertía , sobre todo porque en mi casa, con una madre bastante rígida y llena de normas no se me permitían un montón de cosas, así que cuando mi pobre hermano enfermó de difteria y yo tuve que “exiliarme por orden médica” a casa de mis abuelos fué una época muy feliz en mi vida. Como tú dices Félix , era una vida sencilla , sin lujos pero muy feliz, éramos una familia muy unida y las discusiones siempre eran acompañadas de risas.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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