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La última frontera

La última frontera

Bueno, Vicente, va a parecer que nos hemos tomado unas pequeñas vacaciones de primavera: hace tiempo que no dialogamos con los nuestros… Esta misma mañana he recibido un correo de un grupo nuevo de familias que se reunieron para celebrar la Pascua en Godella… Allí oyeron algo de la Familia vicenciana y parece que les gustó…Algo ya sabían, es verdad, pero lo que oyeron y vieron fue algo que les fascinó… Y quieren saber algo más de nosotros mismos, dialogar amistosamente con nosotros…

Pues es una buena ocasión de ampliar la familia, Luisa. Has hecho muy bien en darles la bienvenida y decirles que estamos a su disposición… ¿Dices que quieren comunicarnos lo que allí vivieron y aclarar algunas cosas relativas al sufrimiento humano y a la nueva vida inaugurada en la Pascua de Resurrección…?

Así es, Vicente. Parece gente seria y sumamente interesada en aclarar ideas; buscan caminos nuevos de vivir su fe en familia, abiertos a proyectos de colaboración pastoral en sus parroquias y no descartan la posibilidad de embarcarse en un proyecto de catecumenado vicenciano… Hasta me envían la lista de los cabeza de familia que allí se encontraron, pero no quieren figurar públicamente como interlocutores, así que me sugieren utilizar los nombres genéricos de Pepa y Pepe.

¿Y de que quieren hablar, más concretamente, Luisa, para que podamos ir directamente al grano?

Eso es precisamente lo que hacen: van directamente al grano. Por eso piden que les aclaremos con el testimonio de nuestra vida y de nuestra experiencia lo que supone para ellos, y para todos los seguidores de Jesús, la Pascua de Resurrección que acaban de celebrar gozosamente en Godella…?

En su largo correo Pepa y Pepe me cuentan lo gozosa experiencia vivida en familia en esos días de Pascua. Les sorprende que en tan pocos días hayan llegado a intimar como si fueran amigos de toda la vida. Desde el primer momento se abrieron de par en par y se contaron las cuitas de familia, sus soledades e incomprensiones en el seno de sus familias respectivas, pero también los gozos compartidos, las ilusiones y expectativas que les mantiene unidos… No faltaron testimonios de los que sentían en sus rostros el viento helado de la duda o de la incertidumbre en su fe, o en el camino a recorrer juntos…

Pepa y Pepe, en sintonía de pareceres, se preguntan si tiene sentido el sufrimiento humano; cómo se compagina la certeza, desde la fe, de la existencia de un Dios Bueno, Padre compasivo y misericordioso, con la experiencia diaria del sufrimiento de personas inocentes, con el estado catártico de la creación entera…

Habrá que decirles, Luisa, que su pregunta es lúcida, que cualquier persona sensata que quiere aclarar sus ideas sobre Dios y sobre el sentido de la vida llega, más pronto o más tarde, a ese cuestionamiento… Y cuando llega hay que decirles que su fe empieza a ser madura. La duda razonable es el camino para llegar a la certeza fiable, la hora señalada para empezar a abandonar la fe infantiloide… ¿No es esa nuestra propia experiencia en el largo camino hacia el encuentro pleno con nuestro Buen Dios?

Yo también tuve mi propia noche oscura, hasta me vi imposibilitado, en algún momento, a hacer un acto de fe… Y tú, Luisa…, bien sabes las zozobras y elucubraciones que sufriste hasta aclarar y aceptar el plan de Dios para tu decisión definitiva…

Es cierto, Vicente, pero Dios te puso en mi camino y encontré la luz a través de tus sabios consejos… Es bueno decirles también que cuando surge la duda hay que buscar caminos que nos habrán nuevos horizontes, que nos lleven a la clarificación interior. La palabra de Dios, leída y reflexionada en profundidad, la oración diaria, la consulta a personas entendidas son resortes imprescindibles que hemos de utilizar en estos casos…

Y empieza la conversación on line entre los interlocutores…

Volviendo al tema, sin rodeos, Pepa y Pepe, tenemos que deciros que el problema del sufrimiento es uno de los más serios problemas que se plantea la mente humana… Podríamos decir con humildad que quizás no tiene explicación racional convincente. Ni Dios ni el hombre sensato pueden querer el sufrimiento: sería masoquismo. Desde la fe también podemos decir, sin temor a equivocarnos, que el sufrimiento es un mal en si mismo… Pero, desde una perspectiva cristiana, tomando a Cristo como referente, que entrega su vida por el ser humano, el sufrimiento adquiere una nueva dimensión: no es el dolor, el mal del sufrimiento, lo que cuenta, sino el acto de ofrenda voluntaria como expresión de amor a la persona elegida libremente…

Y añade Luisa: las madres aceptan gozosas los dolores de parto y los mil y un cuidados y preocupaciones que conlleva sacar la vida del recién nacido adelante por la alegría incomparable de haber traído una nueva criatura al mundo… El labrador acepta el reto del grano soterrado y destruido bajo el suelo, con la esperanza puesta en la espiga que florecerá en primavera. Son ejemplos que nos pone el mismo evangelio…

Pepa, bien atenta a las palabras de Luisa, añade de su propia cosecha: “También se ha dicho que el sufrimiento por la persona amada es la prueba irrefutable del amor sincero a la persona que quieres de verdad… Hasta se ha llegado a decir, aunque quizá sea exagerado, que la autenticidad y capacidad de amar a alguien se mide por la capacidad de sufrimiento que eres capaz de aceptar por esa persona…

Apuesto que no estaríamos tan seguros, interviene Pepe, del amor incomparable de nuestras madres, si no hubieran sufrido tanto por nosotros a lo largo de sus vidas…

Y completa Luisa con determinación: “Tampoco estaríamos tan seguros del amor entrañable de Dios a sus hijos pequeños de la tierra si no hubiera enviado a su propio Hijo a inmolarse libremente por nosotros…

Pero aún hay más, añade Vicente: Dios ha elegido este camino del sufrimiento, aceptado libremente por amor, para darnos la oportunidad de unirnos a Él en la transformación del mundo: para un cristiano que vive intensamente la comunión de los santos, la certeza de ser parte de un todo, de una misma familia en Cristo, el propio sufrimiento, y hasta nuestra propia muerte, son expresiones de amor, que, unidas a la ofrenda de Cristo en la cruz, completan su obra salvadora de la humanidad: Él mismo nos da esta oportunidad de aceptar como suya propia nuestra ofrenda, completando así su proyecto salvador a lo largo de la historia… Así se entiende que ante una enfermedad prolongada, ante una muerte inminente, cargada de dolores, el creyente de verdad dé gracias a Dios por haberle dado la oportunidad de unirse al sufrimiento de Cristo en la cruz por la transformación del mundo… Y eso no es masoquismo sino fe ilustrada, amor en su quinta esencia Sólo desde la referencia a Cristo que se ofrece en sacrificio al Padre por nosotros, asumiendo el dolor y la muerte de la humanidad entera, podemos vislumbrar el sentido profundo, teológico, de nuestro propio sufrimiento, incluso de nuestra muerte ¡Que diferencia con el camina por el oscuro túnel de la incertidumbre al llegar al acantilado de la otra orilla de la muerte…!

Te has expresado muy bien, Vicente, desconocíamos tus ribetes poéticos, dice Pepe…

Creo que, con esto, podemos pasar al otro gran tema que nos ocupa… ¿Qué significa la Pascua, mejor, la muerte y Resurrección de Cristo para un creyente…?

Luisa, intuitiva, con sus habituales habilidades pedagógicas, interrumpe a Pepe: pues hombre, eso es todo, es la respuesta adecuada de Dios al hombre… La muerte no es el final, es simplemente el paso necesario a la Vida Nueva… Lo tenéis muy bien explicado en vuestra simbología de las procesiones de Semana Santa, que son la representación exacta de las estaciones del “Via crucis” (camino de la cruz), que podíamos llamar también “Via Vitae” (camino de la vida) o “Via lucis” (camino de la luz…). Por eso algunos grupos creyentes, que lo piensan bien, añaden una decimo quinta estación a las catorce tradicionales y la proclaman solemnemente, mientras suena el Aleluia,“La Resurrección de Jesús”. Una explicación sencilla sería decir que las catorce primeras estaciones representan el tiempo limitado del desierto de esta vida…

… Ya voy entendiendo, corta Pepa: son la representación del tiempo sufriente, con las distintas estampas y vericuetos de nuestra vida concreta, que asume Jesús como propias para transformarlas en una eclosión de júbilo, cuyo eco llena el espacio en ese aleluia interminable: es la Vida Nueva, la plenitud de la vida que no tendrá fin…

Se me ocurre otra comparación, interviene Pepe: toda nuestra vida, desde que nacemos hasta que damos el salto a la otra orilla, hemos ido buscando como locos, eso que llamamos felicidad. Y siempre, indefectiblemente, cuando parecía que estábamos a punto de alcanzarla, se nos escurría entre los dedos, como la cima en el horizonte que se alarga a medida que avanzamos, o el fuego de Prometeo que se escurre de su mirada expectante a medida que avanza con su pesada piedra a cuestas…

¡Que bonito!, dice Pepa: así se entiende todo mejor, con esas comparaciones… El ser humano está visceralmente empeñado en una empresa imposible: alcanzar la plenitud en un mundo finito y limitado, con unas capacidades atrofiadas y asfixiantes… Y eso produce inexorablemente la frustración permanente. Esta frustración inherente al ser humano es la mejor representación del dolor, del sufrimiento y de la muerte misma, que alarga su sombra sin esperanza de final feliz…

Sí, pero ese sentimiento profundo que late en el corazón, alguien lo habrá puesto digo yo, dice tímido y dubitativo Pepe… Si eso es así hay motivos para pensar en un ser cruel que, al hacer gala de su poder creador, ha implantado una úlcera en lo más profundo del ser creado… Y eso repugna a nuestra fe…

Bien, Pepe y Pepa, dice Vicente: habéis llegado muy lejos en vuestra reflexión. Recibid nuestra enhorabuena. Pero nos llevaría muy lejos seguir por ese camino: nos sumergiríamos de nuevo en el misterio de la fe y de la vida… Vamos a hacerlo más asequible a todos… Vosotros habéis viajado mucho… Imaginaos el mundo como un puzle de países y fronteras; llegáis a un punto sin límites de espacio ni de sombras, donde nunca se pone el sol, donde la luz crepuscular del amanecer extiende su manto añil sin horizonte fijo… Es el final del trayecto, la última frontera… La muerte es la última frontera para alcanzar el infinito, la plenitud de la vida. Cristo, con su Resurrección, es el primero que ha cruzado esa frontera y nos ha dado a sus seguidores la certeza segura de poder cruzarla, porque Él es el Señor de la vida y de la muerte, Él es Dios de la vida “Ni el ojo vio ni el oído oyó lo que Dios tiene preparado para los que le siguen”, dice Pablo.

Y así termina Dios su obra creadora respecto al ser humano, añade Luisa, llenando el vacío existencial que arrastra desde el comienzo de su existencia, dando feliz cumplimiento a sus promesas…

Habéis estado increíbles, Vicente y Luisa; Pepa y yo y todo el grupo de Godella al que representamos os estamos muy agradecidos. Quizá volvamos otro día para aclararnos definitivamente sobre la certeza en la fe de la Iglesia de la Resurrección de Jesús y de nuestra propia resurrección…

Estaremos encantados de dialogar de nuevo con vosotros, Pepa y Pepe…

Buenas tardes Vicente y Luisa.

Buenas tardes Pepa y Pepe.

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Sobre mí

Soy Félix Villafranca, un misionero de la Congregación de la Misión que actualmente reside en Albacete (España).

Bienvenido a mi blog... aquí encontrarás mis reflexiones y experiencias durante más de 50 años como feliz sacerdote.

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